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La nueva cultura de la seguridad

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La nueva cultura de la seguridad

Somos las estrellas del circuito cerrado de televisión

Haciendo películas en la calle

¿No puedes ver que la cámara me ama?

Y cada movimiento que hago

Es grabado en la cinta

Dame el dinero

Voy a tener mi cara en el noticiero de las seis

Por una vez en la vida

seré la atracción principal

Somos las estrellas del circuito cerrado de televisión.

La letra parafraseada, mal ordenada y sin rima por la traducción de la banda Hard-Fi, es un excelente agujero de gusano en el tiempo. Uno en el que toda la sociedad veía con ojos desconfiados la presencia de esos cíclopes de cristal, como dijera otra letra, de Divididos. Las cámaras siempre habían estado ahí desde los hermanos Lumière, y se venían usando para monitorear de todo hace décadas. Pero el avance de ellas en espacios dedicados a humanos más comunes, mundanos y de no tanto interés como nosotros creemos ser, levantó más de una ceja en clara desconfianza.

A casi 15 años de aquellas épocas y de la canción de Hard-Fi, la balanza entre privacidad y seguridad parece haberse tornado. El gran público no solamente se acostumbró a las cámaras de vigilancia en lugares estratégicos, sitios de manifestaciones y edificios gubernamentales. También empezó a usarlas por motu propio en sus casas, negocios, algún paranoide con o sin motivos en habitaciones de su elección. A través de conexiones online IP, con discos especiales diseñados para tan fin y, la guinda del pastel, algunas de mentira que hasta luz tienen pero no graban nada. ¿Qué ocurrió para que la sociedad diese un giro tan pronunciado, sacrificando privacidad en pos de un nuevo tipo de seguridad?

Volvamos al año 2005, mismo en que salía el disco de Hard-Fi, al 22 de Julio para ser más exactos. El poderoso fantasma de las Torres Gemelas y el 11 de Septiembre, así como de los atentados en los trenes de Madrid un año antes, entre otros ataques terroristas, siguen demasiado frescos. Aunque la cultura de esa época no se haya dado cuenta por haberlo estado viviendo, se le acababa la primavera luego del fin de la Guerra Fría, y comenzaba una con otro tipo de conflictos. Algunos de los cuales, continúan vigentes hasta hoy. Pero el 22 de Julio de 2005, una nueva página de la Historia se escribía. Mejor dicho, dos.

Uno de los folios, decía que en el famoso metro londinense, la policía había abatido a un supuesto peligroso terrorista islámico. Ante los casos recientes, y un frustrado intento de ataque el día anterior, parecía lógico que así fuera, ya que Scotland Yard poseía por entonces la orden de disparar a matar a cualquier sospechoso. Según la declaración oficial, el joven había entrado corriendo, con una gabardina, saltando el molinete, y se había resistido al arresto. Luego, se supo que había sido todo una confusión, un error humano, comprensible ante la urgencia del asunto.

Pero otra de las páginas contaba una historia por completo diferente. En esta hoja del devenir, decía que el joven al que habían cocinado a tiros, once en total incluyendo siete a la cabeza, no solo no era el terrorista etíope tan buscado. Sino que además, era brasileño, electricista, y las imágenes que llegaron a una estación televisora local, lo mostraban entrando tranquilo al Underground inglés. Para más inri, tampoco llevaba gabardina, y según testigos, la policía jamás dio la voz de alto.

¿Cómo se pudo saber todo este entramado, cuál era la verdad? El caso de Jean Charles de Menezes, sería uno de los primeros en lograr repercusión mundial, debido a que la respuesta a estas preguntas era contundente: Alguien podía contar la historia, lo que había pasado sin lugar a opiniones, versiones ni versos varios. Pero como ya imaginarán, queridos lectores, eso no era una persona, ni daba un testimonio hablado, sino que se trataba de uno de estos cíclopes de cristal, las cámaras de seguridad del metro londinense.

 

El caso es emblemático, sin embargo para nada el único. Más aún, se ha vuelto recurrente la participación de las cámaras en la resolución de crímenes, creación de evidencias y desacreditación absoluta de testigos. Tanto, que con revisar las noticias de cada año, podemos encontrar infinidad de casos en los que, cual escritor picaresco, los circuitos de vigilancia meten un giro de la trama, un plot twist tan profundo e incontestable, que deja desnudos a los que se atrevan a contradecirlo. Las imágenes no son partidarias, no tienen favoritos y como en el caso inglés paradigmático, en ocasiones desnudan la impunidad del poderoso. Cuando menos, hacen ver que ni el bueno era tal, ni el malo hacía ese papel, en el juego de roles que una situación les asigna, sino que eran, en definitiva, humanos. Cosa que el maniqueísmo no puede comprender. Cada país y ciudad se encuentran llenos de esas historias donde la palabra flaquea, al punto de que sería redundante traerlos a colación. El efecto de la nueva realidad monitoreada en la justicia y por ende, en la sociedad, ya empezaba a verse. Aunque no todos estaban de acuerdo en su valoración. Lo que es más interesante, es que las advertencias más fuertes no vienen de esa época, sino de muchísimo antes.

La idea de una sociedad controlada a través de los lentes y diversos sistemas, ha sido jugo inagotable para creativos y escritores contemporáneos por décadas. Parte casi fundamental de las distopías macabras, temerosas del poder que algo así podría engendrar, la monitorización es un recurso que genera miedo y respeto en forma natural. Parafraseando a Foucault en forma grosera, esto se debe a que el humano, por un lado se comporta mejor al ser observado; pero por el otro, detesta desde el fondo de su alma ese mismo control. La visión de las cámaras como una representación del inconsciente colectivo, de la autoridad suprema y la responsabilidad por nuestros actos, parece ser demasiado poderosa.

El ejemplo ya clásico de Orwell con su 1984, nos deja ver el punto de relación profundo que existe en nuestro imaginario, entre vigilancia y fascismo o control extremo, personificado en el Gran Hermano. De hecho, una de las razones que se esgrimían para oponerse a la presencia de cámaras en puntos públicos clave, era que luego tal material filmográfico podía ser utilizado para perseguir manifestantes y disidentes. Argumento que ha caído en franco desuso, derrotado por la modernidad que permite, de forma mucho más sutil, métodos de vigilancia individual mucho más efectivos y, paradoja mediante, voluntarios de los ciudadanos. ¿O vos realmente creés que el hardware que tenés en el bolsillo, en la mano o la mesita de luz cargando ahora, es solo tuyo?

“La agencia de seguridad, única parte del gobierno que en verdad te escucha”.

¡Pará, esperá un momento, no vayas a reventar celulares y laptops a martillazos, te lo pido por favor (y en beneficio de tu propio bolsillo)! Tampoco es que crea que fueras a hacerlo, después de todo, es algo que ya se hizo vox populi hace años. Un resquicio de intimidad y privacidad que sacrificamos en pos de modernidad digital y comodidad. Ahí viene otra faceta que, no podía ser de otra forma, ya ha sido tocada por la literatura. Para ser más exactos, por Aldous Huxley y su también famoso (aunque no tanto como 1984) Un Mundo Feliz.

En su novela, el maestro Huxley contaba y exploraba la posibilidad de una sociedad dopada. Si, tal como acabás de leer, toda la sociedad on drugs, con el detalle de que no se trataba del analgésico, sedante o estimulante de turno (cosa que lo hubiera hecho demasiado similar a la realidad). Sino, de una droga manufacturada por el autor, llamada con el sugestivo nombre de Soma, en clara referencia a los estudios orientales que tanto le gustaban al bueno de Aldous. Soma, era una superdroga que relajaba, hacía olvidar las preocupaciones y servía para escapar a todas las tribulaciones de la vida, manteniendo a la totalidad de la población en calma, sumisa, tranquila, “feliz”. Por terrorífico que suene, la connotación negativa no necesariamente esta ahí, aunque se puede sentir entre línea y línea. Un horror profundo desde el lector, a su cuenta, porque toda la sociedad mundial del libro, se ve diseñada para facilitar el consumo de Soma. Si el bueno de Huxley, en lugar de Soma hubiera bautizado Internet a su droga, hoy probablemente nadie habría escuchado hablar nunca de Orwell ni Philip K. Dick; otro as de las letras profundamente perturbado por el futuro, el control y otra buena dotación de cosas en su trágica vida.

Bromas literarias que no lo son tanto aparte, bien podemos notar como nuestra sociedad se ha ido amansando con respecto a estos asuntos del control, la vigilancia y la privacidad, haya cámaras de por medio o no. Con lentitud, transitamos desde la visión orwelliana de 1984, a la aceptación muda huxlesca de Un Mundo Feliz. A Ubik de Dick nos lo saltamos (por ahora y por suerte). A pesar del miedo atávico y comprensible que el Gran Hermano nos pueda generar, lo asumimos y quizás, no sea por mera sedación cultural. Sino, porque no nos queda otra opción que rendirnos a las evidencias.

Dicen los que saben y estudian del tema, que la primera respuesta humana ante el cambio, así como también la primera fase del duelo, es la negación. Esa cosa irrefrenable que nos invita a decir “no”, a cerrar los ojos y taparnos los oídos mientras cantamos, como hacen los niños. Un intento mágico pero infructuoso de hacer desaparecer esa cosa que detonó el mecanismo negador en nosotros. Después vienen otras fases, pero quiero detenerme para hacer especial análisis en esa primera.

En principio, porque es muy fácil negar o buscarle el pelo al huevo, caer en la conspiranoia barata que inunda nuestros medios y mentes sin piedad alguna. Usufructuando la completa ignorancia argumental del común de las personas y del lenguaje coloquial. También no se requiere de mucha empatía para comprender al que, preocupado por su intimidad y por el poder que otorga tal Gran Hermano efectivo del control total en el que vivimos, empieza a delirar un poco (quizás con cordura). Como muchos otros, este es un tema con varias caras y la verdad, decían los que sabían y estudiaban de eso desde los griegos mismos, siempre suele esconderse en la comisura de esas posturas. O siguiendo a Hegel, Tesis, Antítesis, Síntesis.

La realidad es que, más allá de las cámaras fijas, emplazadas en lugares estáticos, con sus respectivos grabadores 24/7, la nueva cultura de la vigilancia está a un par de toques táctiles de distancia. En los bolsillos, manos y mesas de luz de todo el mundo. ¿Eso es malo, eso es bueno? Por comprenderme ignorante como los sabios, me reservo de dar una respuesta contundente, porque esa no existe. A lo sumo, se trata de una herramienta. Un hacha o martillo, dependiendo del uso, pueden ser sendas constructoras útiles, o bestiales armas de guerras pasadas. Bien usada, la nueva cultura donde todos somos un terminal del control, una representación de la autoridad colectiva al poder guardar registro de lo que hacemos y hacen, puede que no sea tan mala ni distópica. Claro, después vamos a la Historia, y nos corre un frío helado por la columna, sabiendo la cantidad de vueltas llenas de interés y los peligros que puede engendrar tan tremenda arma.

Lo que ya no podemos negar, es que esa nueva cultura de la vigilancia, llegó para quedarse con nosotros por largo tiempo. Si esto será algo bueno que ayude a crear un mundo feliz, o una dictadura colectiva del control a lo 1984 (como ya afirman algunos que sucede), dependerá del uso que le demos. Después de todo, somos las estrellas del circuito cerrado de televisión.

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